La equivocación, lo imprevisto, lo abrupto, la mancha, el ruido, el desenfoque, lo indefinido son las vías con las que obtengo parte importante de la materia prima para mi expresión plástica.

Mi hipótesis es que nada habla mejor de la luz, que la sombra. Que el error es el umbral del acierto, la ignorancia un camino expedito al conocimiento y que lo que ves no tiene necesariamente que ser lo que es.

Acontece un espacio en el que lo que veo juega conmigo, al margen del imperio de lo paradigmático, lo moral o lo material, que si bien tienen su peso (al que se le otorga reconocimiento), es el que es y comparte masa y amalgama con otros pesos como son la fantasía, la imaginación, el miedo, la neurosis y tantos otros de los que ni siquiera se más que de sus lejanos aromas y que sin embargo adquieren inusitada gravidez y coherencia.

Este divertimento me ubica en mi entorno, me lleva al reconocimiento de mi y de los demás y en definitiva me salva de mi mismo.

Mi individualidad se da mientras flota en una especie de “sopa total”. Doy en pensar que esta inmersión es la responsable de mi confusión existencial. Creer que ésta me presta parte de sus ingredientes y condimentos para crear mis propias cuitas me sirve para tomar distancia y poder contemplar con mayor serenidad y perspectiva el engrudo de mi cotidianidad.

Es mi modo de entender el mundo. A mi me sirve; te lo brindo a ti, no como un producto que pueda obrar un beneficio similar en tu persona, si no más bien con el deseo de presentar el momento en el que unos pies, hartos de suplicar consistencia al suelo, resuelven pintarla en un papel.

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